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A 10 años de la aprobación de la Ley de Identidad de Género: ¿cómo fue el proceso de creación?



Un día como hoy, en 2012, el Senado de la Nación Argentina aprobaba la Ley de Identidad de Género con 55 votos a favor y una abstención. Desde su sanción, 12.655 personas obtuvieron su DNI conforme al género autopercibido.


Desde Tradoctas conversamos con Charo M. Ramos, socióloga, lesbiana, militante transfeminista e integrante del Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género. Junto con referentes como Lohana Berkins, Diana Sacayán y Diana Maffía, Ramos fue parte del proceso de elaboración de la ley que cumplió 10 años.


¿Cómo y cuándo empezaste a participar en el Frente por la Ley de Identidad de Género?

Charo Ramos: —Empecé, en realidad, antes de que se armara el Frente, creo que en 2010, 2011, se me mezclan las fechas, leyendo los borradores del proyecto. En esa época trabajaba con Lohana Berkins en el despacho de Diana Maffía en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Además participaba del espacio de jóvenes de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y venía ya activando en espacios lesbofeministas.


Lohana me pidió que participara, y, claro, empecé a participar. La CHA ya tenía un rol importante en el tema, además, porque Emiliano Litardo e Iñaki Regueiro de Giacomi —abogados que ahora forman parte de ABOSEX— estaban llevando adelante los juicios al Estado por la rectificación documental y el acceso a prácticas y técnicas médicas. Bueno, fuimos armando el Frente, entonces, con compañeres que conocíamos de otras experiencias militantes, que venían de distintas trayectorias políticas: había anarquistas, peronistas, comunistas, era realmente transversal.



¿Qué recuerdo tenés de las reuniones para redactar el proyecto? ¿Cuál fue tu rol en este proceso

—Las reuniones eran un lío tremendo. Era muy difícil coordinar con todas las personas y organizaciones que participaban para coincidir en un día y un horario. Intentábamos hacerlas rotativas en todo sentido, pero era difícil. También era muy difícil lograr que efectivamente participaran compañeres de otros lugares del país porque en esa época la comunicación virtual no era tan fluida y no teníamos plata para pagar pasajes, además, hay que conseguir que en un trabajo te dejen viajar para una reunión o tenés que bancarte vos el lucro cesante; eso era muy desafiante. Intentábamos tener intercambios por mail, usábamos un blog y un grupo de Facebook, pero no era sencillo. Tampoco lo era ponernos de acuerdo en cuestiones como la terminología, los objetivos de máxima, las cosas a negociar, la metodología de la escritura, de representación, de toma de decisiones, la estrategia parlamentaria. Era un proyecto en el que se jugaba el futuro de la vida de muches compañeres y de personas que no participaban políticamente pero que, lógicamente, iban a hacer uso del derecho una vez adquirido. La responsabilidad era enorme.


Como teníamos formas muy distintas de ver el mundo, había que compaginar muchas cosas para lograr escribir un proyecto de ley razonable, de máxima, actualizado, útil, etcétera. Mi rol en ese proceso y el que suelo tener es el de mediadora, facilitadora, organizadora, relatora; no siempre lograba mediar, pero lo intentaba. Además participé del equipo de comunicación y de cabildeo.


El proyecto recibió media sanción, en la Cámara de Diputados, el 30 de noviembre de 2011. En palabras de la activista Marlene Wayar, quien entonces formaba parte de Futuro Trans: "Lxs diputadxs han sido muy clarxs y reiterativos sobre las historias de exclusión, maltrato y marginación que ha sufrido nuestro colectivo, y puede ser el inició hacia un gran reconocimiento de nuestras identidades".


En el recuerdo de Charo Ramos, la votación en la Cámara Baja fue muy emocionante. “En esa sesión tuvieron un rol clave algunas diputadas, como Marcela Rodríguez, Checha Merchán, Diana Conti, Vilma Ibarra (de algunas de ellas, además era una de sus últimas sesiones). Las cuatro habían puesto a disposición sus despachos, sus asesorxs, a ellas mismas para este proyecto y fue muy emocionante toda esa noche”.


¿Cómo viviste el momento en que se logró la sanción en el Senado?

—Cuando llegamos al Senado, honestamente, yo estaba más tranquila, sabía que iba a pasar; teníamos apoyos muy importantes como el de Daniel Filmus. No había mucha gente afuera, ninguno de los dos días. Cuando se aprobó en el senado, hace diez años, había un escenario chiquito, al que se subió Amado Boudou que era vicepresidente, y había estado en la sesión, y un poco lo apretujamos. Había unos centenares de personas, pero no éramos miles y miles como en otros hitos parlamentarios.


Éramos grupos de travestis, trans, lesbianas, intersex, gays, bisexuales y aliades heterocis, muy cansades, lo habíamos dejado todo, habían sido meses larguísimos de trabajo legislativo muy intenso y con muchas internas dentro del movimiento LGBTIQ+ y habíamos logrado una ley que era y sigue siendo vanguardia a nivel mundial en materia de identidad de género con un enfoque integral. Igual, cuando se aprueba una ley empieza la pelea por la reglamentación y esa parte sigue necesitando trabajo, y es muchísimo más largo, profundo y fino lo que hay que hacer.


¿Tenés alguna anécdota de esa época que te haya quedado grabada?

—De esa época, para mí, lo más interesante fueron las discusiones políticas y teóricas: debatimos entre nosotres y con otres ideas muy complejas como la despatologización y realmente logramos convencer a personas muy conservadoras de que el Estado tenía que dar ese paso, legislar ampliando derechos de una manera comprensiva, amplia, profundamente democrática. Crecí muchísimo y quedé agotada, también. Era muy desgastante el proceso interno, aunque sigo creyendo que valió la pena

Además voy a recordar que Lohana no quiso hacer el DNI por la ley sino seguir adelante con su juicio al Estado, que Diana Sacayán fue la primera en recibir el DNI de la mano de Cristina Fernández de Kirchner, que era la presidenta, y que la vida se las llevó demasiado pronto y esa orfandad política no la logramos, yo no logré, resolverla.


Otra cosa fue la demostración empírica, concreta, de que personas con trayectorias y visiones del mundo muy distintas pueden compartir un objetivo político, enredarse, organizarse, organizar sus recursos en términos amplios para lograr ese objetivo, conseguirlo, seguir con otras agendas y listo; se puede hacer eso y es fantástico; quizá sea el futuro de la acción política, por otra parte.

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